Llevado con el viento ( un último relato)

20.09.2014 11:17

Aterrado y nervioso pero un tanto ajeno en su pensamiento más profundo, como si le movieran cual marioneta, atravesaba el terreno embarrado  separándole de esa luz lejana, de lo que para sus ojos, llenos de lágrimas, era un oscilante candil siendo, en realidad, un pequeño faro devorado  por la oscuridad reinante y por la fuerte tormenta.  Temía caer en cualquier falla del terreno quedando pegado, engullido por éste  y, por eso, sus largos pasos eran muy sigilosos con cada comienzo de zancada y muy firmes, cimentando su cuerpo, una vez notaba que el suelo le permitía avanzar. Muy fuerte, aprisionado por bíceps y antebrazo, portaba una vieja cartera portapapeles. Algo más consistente que su propia existencia le  impedía soltarla, abandonar lo contenido en ella bajo ninguna circunstancia.

El coche con el que había circulado esa lluviosa noche, había quedado atorado cuando la carretera dejó de ser de grava y el estrecho camino de tierra le impidió continuar al estar anegada. En su interior percibía,  notaba la proximidad de su destino pero realmente no sabía donde se encontraba. Según sus previsiones, tras haber dejado atrás el último pueblo, apenas un par de desvencijadas casuchas habitadas por dos parejas de ancianos, la vía por la que circulaba debía haberle situado enfrente de su objetivo. No había sido así. Solamente, aquella lejana luz parecía sugerirle  que no había vuelto a errar. 

Se aferró a esa idea con la misma firmeza que portaba esos papeles guardados bajo su brazo. Exhausto pero constante, cada paso dado le alejaba del mundo acercándole al cruel destino que había decidido ante su estrepitoso fracaso. El viento arredraba, dejaba arrítmicos silbidos pareciendo sugerentes gritos de llamada.


La oscuridad se fue difuminando algo según  la luz del fanal se hizo más visible y constante. Ya le permitía adivinar el alargado perfil del fuste donde el haz estaba instalado. Parecía haber ganado en agilidad y decisión puesto que cada vez iba más deprisa, casi trotando impaciente, anhelando poder concluir su resolución tras el largo trayecto.

Cuando por fin lo hizo, se sobrecogió al ver como, a pesar de la oscuridad, el agitado mar recubierto de  blanca espuma y el descarnado viento soplando en el acantilado, componían el espectacular y literario acompañamiento deseado para su acto.


Esperando ocurriese lo que a continuación aconteció, abrió la cartera y, llevadas por el vendaval, cientos de hojas, las historias que a casi nadie habían gustado, ascendieron presurosas hacia el cielo con una de esas fuertes ráfagas que apenas le permitían mantener la horizontalidad. Sonrió nervioso viendo como después de ese instante, con la misma furia de la subida, los folios eran absorbidos hacia abajo, precipitados  entre peñascos y pequeños matorrales.

La lluvia volvía a golpear con fuerza y, casi en la línea del horizonte, un rayo cayendo sobre el mar iluminó por un instante el fuerte oleaje, el cielo y su empapada figura recortada sobre las resbaladizas rocas. Tras el fulgor, una espesura negra envuelta en cortinas de agua le fue invadiendo, cegando su visión y cerebro al mismo tiempo. 


Todavía alcanzó a distinguir algún folio flotando en el agua, arrastrado por las olas y golpeado contra los escarpados salientes.

Inspirando profundamente, deseando que el viento le llevará como había hecho con su amada obra, dio un paso al frente y se precipitó al vacío hacia el alterado océano, dejando que su tormenta interior se fusionará con los hostiles elementos exteriores según caía acantilado abajo entre rocas y el fuerte oleaje.